Nuestro cerebro interpreta constantemente la realidad porque necesita comprenderla para sobrevivir y le vendría bien hacerlo mediante la objetividad y el pensamiento crítico, basados a su vez en la lógica racional, la cordura, la sensatez, la visión amplia de las cosas, la claridad y agudeza de la mente, la ecuanimidad, el conocimiento y la experiencia adquiridos. Todo ello en buen equilibrio y armonía con todas las cualidades del corazón: capacidad de amar, bondad, generosidad, empatía, etc...
Pero el cerebro toma a menudo indebidos atajos en su afán por procesar rápidamente la información externa e interna que le llega. Eso le hace distorsionar todo lo anterior, emitir juicios desafortunados y tomar decisiones descabaladas. A dichos atajos los llamamos SESGOS y son muy numerosos. Aquí van algunos de los más graves y comunes:
-El sesgo de normalidad:
Presume que todo volverá a su curso habitual tras la catástrofe puntual y que el Sistema absorbe cualquier sacudida con capacidad ilimitada.
El sesgo de confirmación:
Es un filtro primario que selecciona datos de la realidad que refuerzan nuestra cosmovisión particular y rechaza todos los datos informativos que la cuestionan.
El sesgo de estatus adquirido:
Creer que lo que viene funcionando más o menos en la sociedad seguirá haciéndolo siempre porque el Sistema sabe regenerarse a sí mismo.
El sesgo de disponibilidad:
Sólo llegas a percibir los datos de la narrativa hegemónica del Sistema, es decir, la información que predomina e inunda tu medio social externo.
El sesgo de habituación:
Cualquier sucesión de desastres te golpea inicialmente. Pero luego te vas haciendo a ella por repetición y acumulación de eventos parecidos y empiezas a tolerarla, hasta que ya no te perturba.
El sesgo de disonancia cognitiva:
Se superpone a los otros. Explica, justifica e inventa relatos compensatorios del Relato General de Colapso para preservar la comodidad psicológica y la coherencia interna del propio marco mental, o sea, lo que nos permita continuar hacia delante.
El sesgo de conformidad:
Establece el límite social de lo que se puede pensar, hacer, decir o denunciar. Su infracción es tan costosa que genera autocensura masiva. Un ejemplo: callar, mirar hacia otro lado y seguir viviendo a todo tren mientras nuestro mundo se derrumba.
El sesgo de anclaje;
Dar excesivo peso a la primera información que te llega, incluso si es irrelevante, al negociar cualquier asunto, considerar aspectos delicados de tu vida o tomar decisiones.
El sesgo halo:
Determinar características esenciales de alguien apoyándose meramente en su apariencia física u otra impresión superficial.
El sesgo Dunning-Kruger:
Lo tienen gentes que se creen muy capaces en temas o áreas donde muestran verdaderamente escasa competencia.
Hay muchos otros sesgos, naturalmente. La frecuencia de sus manifestaciones, la acumulación, interacción y retroalimentación positiva entre todos ellos desvían dramáticamente nuestras vidas de la senda de lo real, nos envuelven en gigantescos espejismos de autoengaño, falsas ilusiones, fantasías románticas, religiosas, ideológicas y de todo tipo, hacen por completo insostenible en el tiempo nuestra sociedad global y, en definitiva, causan nuestra perdición.
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