Vivimos en el mundo sin tener conciencia de sus dimensiones porque nuestra escala de experiencia es demasiado pequeña para ello. La percepción fidedigna sigue ajustada, por evolución biológica, al radio de acción de nuestras piernas, pese a viajar frecuentemente en medios mucho más rápidos y cubrir de alguna manera distancias mucho mayores. Para entrar un poco en el tema imaginemos que queremos y podemos andar cómodamente por el vacío del espacio, por ejemplo, hasta la Luna, al estilo del Camino de Santiago: en promedio 25 kms. cada día. Tardaríamos en llegar a nuestro satélite más de 42 años, la mitad larga de nuestra vida. Si nos propusiéramos alcanzar el planeta más cercano, Venus, y nos hubiéramos vuelto inmortales, la cosa se pondría en casi 5.000 años. Si llevásemos nuestra osadía al extremo de pretender zambullirnos en nuestra estrella nativa, el Sol, necesitaríamos alrededor de 16.500 años; y atravesar los últimos límites de nuestro Sistema y salir al espacio interestelar 1.050 millones de años. Mas, ¿para qué seguir con los cálculos?. Todo esto en el Universo no es nada. No es ni siquiera como empezar a levantarte del sofá de tu casa para viajar a pie hasta la otra punta del continente euroasiático, pongamos las orillas del estrecho de Bering (¿15.000 Kms.?). Es casi infinitamente menos que eso. Prácticamente nada. Imposible, pues, hacernos idea de la realidad global que habitamos. Hemos de contentarnos con nuestra diminuta interpretación de ella angustiosamente compensada con toda clase de especulaciones celestiales y terrenas. También puede ayudarnos pensar que, por debajo nuestro, existen escalas increíblemente microscópicas, tan decisivas o más que las superiores porque cimentan y sostienen toda la arquitectura del Cosmos. Y, de cualquier modo, andar por aquí no deja de ser andar el Universo.
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